Sobre “Golondrinas ocultas”, de Marta Binetti

4 02 2008

En noviembre de 2007 Marta Binetti (El Margen #2 y El Margen #3) presentó su novela Golondrinas ocultas, publicada por Ayesha Libros. La presentación estuvo a cargo del escritor y periodista Alejandro Margulis, quien nos envió el texto completo de la presentación. Aquí lo reproducimos.

Los cielos de Marta Binetti

Una lectura desatenta de “Golondrinas ocultas”, esta primer novela de Marta Binetti, produce un efecto de desconcierto que tal vez la autora, que no viene de las letras sino de la danza, provocó sin proponérselo. El desconcierto lo genera el modo aparentemente cándido en que está escrito el libro. Sin ser para nada inocente, su estructura cumple con los cánones retóricos de la novela de viajes -alguien está en un punto fijo, prevee otro, hace el camino que lo lleva hacia lo previsto- pero salvo por el hecho de que los personajes se desplazan de un punto a otro del planeta, el asunto se repliega con el correr de las páginas hacia una suerte de viaje interior. Los cambios de escenario son, en tal sentido, fortuitos; el uso de la descripción no coincide con los preliminares o remates de las escenas, que por su parte no se enlazan premeditadamente al servicio de un suspenso o una intriga que se resolverá más adelante; los personajes, apenas recortados, sencillamente transitan por las páginas como figuras fantasmales. Y cuando el libro se termina de leer lo que nos queda es una sensación extraña, un clima de desasosiego, de inercia entre el ir y el venir sin rumbo preciso -apenas parece importar que el protagonista de la novela encuentre o no sus patrones de conducta con un viaje de retorno a su país natal, la Argentina; tampoco creo que nos dice nada definitivo que sea un varón, un hombre joven, porque en él tanto la cuestión amorosa como el afán de trasladarse parecieran someterse a las mismas leyes de la improvisación con que se relatan las peripecias de otros viajeros incansables como él, unos amigos random, compañeros de departamento en algún lugar de una ciudad del norte de Europa; o la distancia con que se describe a unos parientes desapegados y a lo sumo exigentes, poco amorosos, a quienes el protagonista, Carlos Echagüe, vuelve a ver cuando regresa, para irse otra vez, a su país de residencia.

Entonces, cuando uno termina de leerlo, si lo hizo levemente, la impresión que queda es la de que estuvo viendo anécdotas acuareladas, con un peso específico que se hunde más en el simbolismo, por momentos algo surrealista, que en la representación convencional de los caracteres humanos. Pese a que los protagonistas tienen rasgos precisos (me refiero a que hay nombres, identificaciones de personas) el código en que se mueven parece provenir del mundo de los sueños o, en rigor, de esos estados de duermevela en los que tenemos una imagen nítida y un poco absurda que indefectiblemente no podremos recordar más que por sus bordes cuando nos levantemos de la cama. Todo es muy tenue en este libro de Marta Binetti. O como dice la voz que narra la novela al describir una taberna en la que Echagüe se emborracha, se trata no más que de (cito) “una falsificación, un telón pintado, una adulteración construida sobre las ruinas para ocultar un pasado del que nadie quería hacerse responsable” (fin de cita). Y por eso mismo, lo que se cuenta aquí se vuelve inmensamente sospechoso.

Ahora quisiera decir unas palabras sobre el modo en que tuve ocasión de leer este libro: varias veces, como únicamente se lee cuando se está trabajando con una obra escrita por otro (algo que también hacen los traductores por ejemplo): el azar de un amigo común, el artista plástico y escritor argentino Dante Bertini, emigrado a Barcelona en 1975 y naturalizado español dos años después, me propuso este texto para nuestra desprotegida colección de autores inéditos (acariciamos la utopía de publicar textos que nos gustan de escritores desconocidos). Así que leí su libro en principio como original a tener en cuenta -en la pantalla de la computadora- y luego, una vez tomada la decisión de llevarlo a imprenta bajo nuestro sello editorial, volcado el libro en tinta negra -que terminó siendo de un gris involuntariamente desvaído- sobre un papel obra de 72 gramos, lo volví a leer pero buscando erratas, desajustes, fallas sintácticas o estructurales que hubiera que subsanar; es decir, tuve que distanciarme, neutralizando su intención artística como un cirujano que tiene prohibido vincularse afectivamente con su paciente terminal. Tal vez por haber hecho eso -por “editarlo” quiero decir- perdí la ocasión de emocionarme como un lector cualquiera. O tal vez el ropaje de editor me protegió, racionalmente, del efecto implacable, la tristeza, la ausencia de ninguna otra salida que no sea la de seguir andando, como cuando un niño perdido camina y camina por la playa llena de gente porque intuye que si llega a detenerse lo único que va a poder hacer es sentarse en la arena a llorar, que plantea esta novela fuera de lo común.

Y al leerla así me sentí seguro de mí mismo a costa del relato que había quedado vibrando entre las páginas: aleteando sería un verbo más preciso. Y acá quisiera decir unas palabras sobre el título, “Golondrinas ocultas”, que no tiene nada de casual. La autora explica que su historia se llama así en alusión al mote -”golondrinos”, justamente- que se da a los trabajadores que circulan de un territorio a otro en busca de mejores condiciones laborales. Es una explicación plausible. Sin embargo la presencia de los pájaros es una constante metafórica que funciona como leit motiv, en el sentido estrictamente musical del término: el leit motiv como elemento cohesionador del discurso musical y como definidor de las situaciones dramáticas. Lo ilustro con un ejemplo. Cuando Echagüe, que parte de la Argentina en los tempranos 70, llega a la ciudad que lo alberga, queda impresionado por unos cuervos que roban la comida de las gaviotas. Las gaviotas son, nos dice un personaje, “dulces, bonitas”; los cuervos, sólo “hambrientos, carroñeros”. Como en el poema de Edgar Allan Poe, esos cuervos aluden a una mundo espectral del que Echagüe busca alejarse, y él mismo se siente identificado, una y otra vez, con las aves que migran buscando un clima benigno. Pero por cierto más que la referencia a Poe, que enseguida queda atrás, la que sobrevuela deliciosamente estas páginas es la de Gustavo Adolfo Bécquer. La metáfora de sus melancólicas, oscuras golondrinas sigue siendo eficaz.

Como editor tuve luego un privilegio inesperado, el de recoger las opiniones del público. Eso me fue transmitiendo la idea de que es el libro el que efectivamente desconcierta, no un defecto personal de sus lectores. A dónde quiere llegar con lo que está contando, la autora. Qué quiere decirnos. A dónde va. Entre tantos libros planificados milimétricamente que se publican en el presente el de Marta Binetti resulta un placer porque no responde a la apetencia de orden, de previsibilidad del mercado. Tiene rareza y poesía, dicho esto menos como elogio que como constatación de un síntoma. Porque montándose en un neo-modernismo con tintes surrealistas la novela de Marta Binetti habla a su modo de una de las enfermedades invisibles del siglo XXI: creer que yendo de un país a otro a través de cientos de miles de kilómetros, a la impresionante velocidad que permiten los medios de transporte contemporáneos (llámese a esto turismo, exilio o migración) se va a encontrar un justificativo para nuestras cortas y aligeradas vidas.

Hay un poema del griego Costantino Kavafis que me gusta mucho y que me parece viene a cuento acá. Se llama “La ciudad” y así fue bellamente traducido por José María Álvarez para Mondadori:

Dices “Iré a otra tierra, hacia otro mar

y una ciudad mejor con certeza hallaré.

Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,

y muere mi corazón

lo mismo que mis pensamientos en esta desolada

languidez.

Donde vuelvo mis ojos sólo veo

las oscuras ruinas de mi vida

y los muchos años que aquí pasé o destruí”.

No hallarás otra tierra ni otra mar.

La ciudad irá en ti siempre. Volverás

a las mismas calles. Y en los mismos suburbios

llegará tu vejez;

en la misma casa encanecerás.

Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques

-no la hay-,

ni caminos ni barco para ti.

La vida que aquí perdiste

la has destruido en toda la tierra.

Alguien podría pensar que lo estoy utilizando para cuestionar el planteo que nos hace la novela de Marta Binetti. No es así. Si lo recordé ahora es porque percibo que el libro de ella y el poema de Kavafis han llegado al mismo grado de sabiduría, sólo que en la novela ese resultado no se descubre a la manera del poema, al final, es decir en los últimos dos versos:

La vida que aquí perdiste

la has destruido en toda la tierra.

sino que se va desplegando lenta, armoniosamente en el modo en que se van narrando las vivencias secretas del protagonista, y que si me conceden unos minutos más, me gustaría comentar.

Porque en una segunda lectura del libro, ya cuando lo tuvimos impreso y me pude tirar en el sillón a leerlo con los pies apoyados en el posabrazos, lo que me encontré con la fuerza de una evidencia fue una idea política muy conmovedora: el personaje central de la novela elige desaparecer. No tengo que decir el peso que ese verbo tiene en la historia argentina. Sí observar, la fuerza renovadora, la valentía del desplazamiento de sentido que Marta Binetti le da a ese término tan tristemente connotado. Porque en su novela desaparecer es sinónimo de libertad. “Carlos descubrió nuevos placeres, visitó museos y cuanto lugar de atracción turística había. Aprendió a contemplar obras de arte; a espiar rostros desconocidos. Hasta que no le quedó nada más por hacer que unas largas caminatas sin rumbo, que acababan indefectiblemente en el punto en el que daba la vuelta para regresar a la pensión. En suma, el camino de ida lo conducía siempre al de vuelta”, nos dice en el capítulo inicial. Y a renglón seguido nos cuenta cómo él, que se fue del país no como sus compañeros a quienes les ordenaban la partida al exilio (cito): “Vio como positivo el hecho de que ese dar la vuelta en un punto dependiera solamente de su voluntad: era él quien elegía donde dar la vuelta. Esa posibilidad de libre elección de algo, sumada a la sensación de estar a salvo de quienes quisiesen interponerse y cuestionar sus deseos, mejoró notablemente su ánimo”.

Primo Levi, tal vez uno de los escritores que mejor y más metódicamente narró las experiencias de vida de quienes pasaron por los campos de exterminio nazis, escribe en “La tregua” el modo casi picaresco en que siguió adelante cuando fue liberado del Lager en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Antes que el atroz, paralizante sentimiento de culpa por haberse salvado lo que pone en escena Levi es el ingenio que los sobrevivientes debieron transformar en movimiento para recuperar su vida. Quienes no lo consiguieron quedaron atrapados en una melancolía funesta. Bueno, yo veo en esta novela de Marta Binetti el mismo movimiento del espíritu. Sin regodearse con el recuerdo morboso de lo que dejó atrás, luchando contra “el qué dirán” o “el qué dirían” su personaje, nos dice la escritora, “comenzó a apreciar su vida anónima. Valoró su soledad como un modo de vida perfecto y sin angustias. Era libre de jueces de su conducta y de todo aquel que intentara llenarle la cabeza con juicios y prejuicios. Había logrado erradicar la tristeza que había crecido sin reparo en su memoria.

-Desaparecí -se dijo-; me puse en libertad”.

Pero no le resulta fácil, esa clase de decisiones nunca son gratuitas. Sobre esta inestable corriente subterránea entonces, entendí finalmente, se construye la novela. Hace unos días, en Punta del Este, donde estuvimos presentando el libro ante un público de lectores uruguayos que podían sernos menos conflictivos que los coterráneos de Marta, ella me confió durante una cena que cuando se fue de la Argentina muchos de sus antiguos compañeros de estudio creyeron que había sido secuestrada y desaparecida por la dictadura. Eran los tiempos de las presunciones más macabras, tiempos en los que era mejor no preguntar demasiado.

¿Qué más decir? ¿Qué otra cosa que no se encuentre mejor expresada en las páginas de este libro inusual? Revelar quizás que el método de composición que siguió su autora tiene más que ver con la puesta en escena de una directora de teatro o una coreógrafa que el de un escritor solitario. Por eso acá no hay en rigor personajes principales ni secundarios. A lo sumo hay caracteres y situaciones. Hay figuras que se desplazan o figuras estáticas. Imágenes sobre un lienzo, como las que pinta uno de los compañeros de ruta de Carlos Echagüe, o surgidas en el tapiz de la memoria, introspectivas y dolorosas, y acá impresas en letra bastardilla para evitar malentendidos. Decir quizás que la historia avanza desde el momento de la partida de un país natal hasta el regreso a éste, y que la peripecia es la de un deambulador que hace lo posible para desprenderse de una mochila pesada. Que como para las aves a las que se hace mención continuamente, los cielos y las temperaturas son fundamentales, y que no es lo mismo que algo suceda en otoño o invierno que en verano o primavera. Cuando salimos de la presentación de este libro en Punta del Este, me sorprendió que Marta Binetti se trenzara en una discusión con un amigo uruguayo, cantor de ópera y tango, acerca de la superioridad estética de los cielos de diferentes partes del mundo. Era el atardecer y el color iba virando del cobalto al negro. Todavía no habíamos visto la luna de color caramelo y el cantor ya sostenía que, indudablemente, el cielo más hermoso del mundo era el de la costa uruguaya. Marta Binetti es una mujer muy sensible. La belleza de ese momento era irrefutable. Pensé que si no le daba la razón categóricamente era porque ella sabía que dentro de unas semanas iba a tener que regresar a su cielo adoptivo, en la lejana Europa. Finalmente, diplomática y tal vez práctica, mencionó un tercer cielo que yo no sabría decir ahora bien dónde queda. Ni allá ni acá. Como si fuera otro de los espacios inspirados donde transcurren y sueñan los personajes de su novela.

Alejandro Margulis

Buenos Aires – Punta del Este – La Plata

Noviembre de 2007


Acciones

Información

Deja un comentario